Relámpago. Nudo en el estómago. Pulsaciones
en aumento. Manos temblando. Calma. Parálisis. No puedo moverme. Estoy en el
suelo. Síndrome de Stendhal. Piazza della Signoria, Florencia.
Tres cuerpos entrelazados entre sí aguantando la tensión entre ellos. Sabina
intentando escapar de Roma. Sabina raptada sin permiso. Sabina esculpida en
impoluto mármol. Sabina convertida en arte. De repente, me descubro llevando el
dedo índice hacia mi mejilla para acoger a las lágrimas que caen poco a poco,
tímidas. A veces hay tanta belleza… a veces hay tanta belleza que duele. Regreso
al hotel para digerir lo sucedido, para masticar las emociones vividas en la
plaza. Decido no escribir acerca de ello pues estoy bloqueado. Tiempo y
Distancia me suelen ayudar a ver con cierta perspectiva y no de cerca, donde
las emociones empañan la visión y ablandan el alma. Tras una buena siesta a la española, me dejo caer por la
Piazza del Duomo para ver la Catedral de Santa María del Fiore. Tan majestuosa
es que a los turistas como yo, hace sentir insignificantes. Es increíble que el
ser humano haya llegado a diseñar tal perfección arquitectónica.
Me pierdo por las calles florentinas, estrechas y solitarias.
Huelen a historia, a leyenda, quizás a magia. Entro en un café para tomar un
Expresso-machiatto-lungo-per-favore ya que aquí los cortados son estrictamente eso,
cortos. Siempre llevo conmigo un pequeño cuaderno. Sí, hoy también. Un cuaderno
marrón que hace de agenda y que acoge pensamientos diversos por si la
inspiración llama a mi puerta o por si no lo hace. Es mi fiel compañero de
viaje. Me siento en la mesa solitaria de la esquina. Cada vez que cumplo años
menos me gusta el alboroto y gentío, como si edad e introversión fueran
proporcionales entre sí. Justo en la mesa de enfrente encuentro a una chica.
Pelo largo y liso, entre rojizo y castaño, ojos verdes y mirada penetrante. Labios
gruesos y pintados de rojo, rojo Russian
Red. Sé distinguir ese pintalabios perfectamente, alguien a quien solía
besar lo llevaba. Sudo, palpito y de repente, escalofrío. Stendhal azotándome
de nuevo, esta vez a través de la chica de la mesa del fondo. Las personas
también pueden ser una galería de arte, con sus gestos y su caminar, con su
risa y su mirar. Aunque sin duda, la mejor
galería de arte es aquella en la que se puede observar (pero no tocar) el alma.
Esa tiene pase privilegiado y es de difícil acceso. Vuelvo de nuevo a bajar de
mi nube (siempre me gustó perderme en altos vuelos) y mantengo la mirada firme
en los ojos de la chica de enfrente. Mi Spanish
radar, ése que uno desarrolla cuando viaja solo y que te hace distinguir a
un españolito de a pie a 10 kilómetros a la redonda me dice que sí, afirmativo.
Saco mi cuaderno y escribo en mayúsculas
“Hola, stranger”. La chica levanta la vista, saca un folio y me responde un
frío y seco “Hola”. “¿Qué escribes?”, pregunto. La chica rápidamente contesta
un “¿Tú respiras? Pues yo escribo”. Le invito a sentarse en mi mesa.
-Así que eres escritora.
-No, nunca me atrevería a ponerme ese título
- Yo sí y no es algo de lo que esté orgulloso.
-¿Y qué tienes entre manos?
- ¿Un café? Es broma. Me cuesta mucho escribir ficción
por eso simplemente, narro aquello que observo.
-Probablemente eso te convierte en el peor escritor del
mundo.
-¡Gracias!
-De nada.
- Bueno, en realidad me han publicado varias historias.
Supongo que eso me convierte en el peor escritor del mundo con libros
publicados. El Paulo Coelho moderno.
- No me digas que escribes libros de autoayuda.
- No, nada más lejos de eso. Espera, creo que tengo uno
por aquí, te lo puedo dejar.
Le entrego un ejemplar de “Leonor de Aquitania, la
primera reina trovadora”.
-Pero esto… esto es de hace muchísimos siglos.
Probablemente del siglo XII.
- Del siglo XI en concreto.
- Entonces usted…
-Oh, por favor. Tutéeme.
